Fumaba pipa, vicio al que he querido volver con más ganas de dejar. De espaldas a la calle y a escasos 50 cm de la pared, ignoro qué buscaba en la descascarada fachada de ese galpón. Quizás pensamientos perdidos. O recordaba los actuales.
Cuando de repente –si, como en el cuento- veo con el ojo derecho, que por la diestra –no podía ser de otra manera- se aproximaba alguien en bicicleta. Me rebasó hacia la izquierda, girando hacia un callejón que comenzaba a un metro de dónde me encontraba fumando con más ganas de dejar pero recordando pensamientos actuales bajo la humedad de la niebla.
Completó el giro en 360° hasta quedar a mi lado mirando hacia la calle. Pude percibir que era negro. Estaba ahora bajo la órbita de mi ojo izquierdo. Giré media vuelta para tenerlo a mano de mi ojo derecho que es a todas luces el más diestro, cuando de pronto –como el “de repente” del cuento que aquí nos ocupa, pero para utilizar otro recurso literario que no canse al lector- se apareció otro muchacho negro en bicicleta por el ahora lado izquierdo, percibido por su ojo homónimo. Se recordará que había protagonizado un giro de 180° que me había posicionado del lado opuesto, dándole lugar al protagonismo del ojo izquierdo en el intento –comenzaba a percibirlo- de intentar percibir si me hallaba ante una normal situación o ante otra.
El segundo negro se frenó a mi lado, el izquierdo. El otro continuaba del lado opuesto, logicamente a la derecha. Pero los dos con la rueda delantera a mi frente –cortándome el paso, si no fuese porque ya me lo cortaba un viejo guardarrail o defensa de metal. Con lo que estaba literal y absolutamente rodeado ya que el perpizcaz lector tomará nota que a mi espalda tenía una pared. Enormemente alta para las circunstancias que se me presentaban a la vista, distrayéndome totalmente no ya de mis pensamientos actuales sino también de los perdidos, la niebla y las ganas de dejar de fumar.
Me las vi negras.
Pasé a desarrollar un preventivo plan defensivo. En primer lugar –pensé- debo intentar percibir la motivación que allí los hacía presentes, cortándome el paso en la neblinosa tarde de otoño en la ciudad portuaria, de espaldas al paredón y de frente al guardarrail, poniendo en duda la posibilidad de entretenerme en mis pensamientos, sobre todo los futuros. Mi primer análisis no fue muy tranquilizador.
Transpiraban, cosa que podría ser vista como normal en un día húmedo y cálido, pero así también sucede con aquellos atracadores segundos antes de concretar su acción, haya o no niebla. Pero la había. Lo cual configuraba un escenario más propicio para esos fines, sea por la insistencia de los films de terror, misterio o policiales de vincular la niebla en callejones de puertos marítimos grises con un cruel asesinato, generalmente seguido de descuartizamiento en el muelle, o sea porque las dos negras figuras de los inmigrantes africanos –de eso no cabía duda alguna- en la entrada al grisaceo y oxidado puerto, enmarcados por la niebla gris, rodeando a un rojizo argentino que quedaba de esta forma entre ellos y la pared, no hacía pensar en otra cosa que en los mentados films, sean ellos policiales, de suspenso o de terror –sentimiento al que me negaba a caer, al tiempo que era arrastrado inevitablemente hacia el.
El segundo negro habló, con el típico acento norditaliano de burkina fasso.
_Porto Marghera?
_Es aqui –contesté para ganar tiempo.
Notaba en su modo de hablar una sutil estrategia para confundirme, disfrazando sus verdaderos objetivos. Mostraba un aire despreocupado, como si la pregunta y la respuesta fueran en realidad una etapa burocrática a cumplir antes de develarse.
Me devanaba los sesos intentando percibir –actitud que se repetía desde el comienzo de esta escena y siempre vinculada a estos dos muchachos- de qué lado vendría el golpe. La lógica diría que no sería del que me hablaba. Su rol era el de distraer para dar lugar a su compañero a mi derecha –el primer negro- a meterme un derechazo en la sien derecha –ya que ese era el flanco que ofrecía y no otro.
Distribuí mi actitud corporal entre los dos, recordando al tiempo que tenía en el bolsillo un pequeño cuchillito –otrora un bisturí de pedicura de mi tia abuela Puchi. Lo tomé con la mano derecha, dentro del bolsillo. Evalué que si lo sacaba podía precipitar la acción de los delincuentes, amén que la diestra no es mi mejor mano, teniendo en cuenta –como yo tenía- que soy zurdo.
Quedaban descartadas las acrobáticas patadas a saber porque carezco de idoneidad para ello y la barrera de caño hubiera impedido tal acción. O bien me hubiera realizado una auto rotura de huesos que solo me habría dejado más expuesto ante ellos.
La espera se tornaba densa, como la niebla. O mejor dicho: como la humedad que esta provocaba, haciendo transpirar a los forajidos y justificando las gotitas de sudor que quizás se me formaron en la frente, creo yo que ante el tremendo esfuerzo por percibir –con el objetivo de dilucidar- quién daría el primer golpe. Había descartado darlo yo en primer término.
_Dónde está TNT?
_No sé –respondí con actitud de activa confrontación, visto que estábamos a escasos 25 metros de las oficinas de la multinacional de correos.
_Grazie e bonasera.
Dicho lo cual, continuaron su viaje dejándome solo, con la pared a la espalda y la húmeda tarde en el puerto avanzando hacia la noche gris que luego devendría en negra, pensando en la inseguridad reinante. Prendí la pipa y aporté lo mío en aquel paisaje tan propicio para los malvivientes.
Tincho! Acaso fuiste víctima de la sensación de inseguridad??
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